La Rusística en Cuba cumple 60 años (PARTE I)

Tania Karán, estudiante de quinto año de lenguas extranjeras en la Universidad de La Habana.

Tania Karán, estudiante de quinto año de lenguas extranjeras en la Universidad de La Habana.

Alexánder Gráshchenkov/Sputnik
La agencia cubana ‘Prensa Latina’ recuerda cómo empezó la enseñanza del ruso en la isla caribeña.

Numerosos y sobresalientes hitos han marcado de manera decisiva e imborrable la amistad entre los pueblos de Cuba y Rusia a lo largo de los años. El nacimiento de la Rusística en Cuba en los albores de 1962, suceso histórico al que convocó el líder de la Revolución Cubana, Fidel Castro, y la primera promoción de rusistas en 1964, constituyen, sin lugar a dudas, un extraordinario referente cultural y de amistad que siempre merecerá ser recordado.

La memoria de tan significativo impulso  debe ser preservada más allá de la existencia de sus protagonistas cubanos y soviéticos- aún por suerte son más las presencias que las ausencias- para insertarse en los anales de los entrañables e indisolubles nexos que unen a nuestros pueblos. Con razón se dice que la memoria es expresión suprema de la nobleza humana.

Por “Rusística” en su sentido más específico suele entenderse la ciencia lingüística que se dedica al estudio del estado actual de la lengua rusa.

Hay quien denomina esta área del conocimiento como “Filología rusa”. En un sentido más abarcador y contemporáneo la “Rusística” engloba un conjunto de ciencias que abordan, cada una en su cauce, la lengua como tal, la metodología propia de su enseñanza, la comunicación, la etiqueta verbal, la literatura, el pueblo con sus rasgos distintivos y costumbres, la historia, incluidos además el folclore, la cultura artística y material en su más amplia diversidad.

Como resultado, esta segunda concepción se caracteriza por una aproximación muy integral a la riqueza y amplitud del modelo civilizatorio ruso. Hay quien denomina esta vasta área del conocimiento en el mundo hispanoparlante “Estudios sobre Rusia”, el anglófono prefiere “Russian Studies”. En nuestro entorno isleño el término en boga es “Rusística”.

La enseñanza de rudimentos básicos de la lengua rusa en Cuba, según fuentes verificables, se inició, de manera limitada, en la primera mitad del siglo XX. Suele afirmarse que entre 1928-1936 impartió clases de ruso en la capital Ekaterina Blagoobrázova, la madre de Alejo Carpentier.

En octubre de 1942 Cuba ingresó en la Coalición Antihitleriana, estableció relaciones diplomáticas con la URSS y en el Instituto Cultural anexo a la embajada soviética, se enseñó la lengua de Alexánder Pushkin hasta el golpe de estado de Batista de 1952 cuando el 2 de abril se produjo la ruptura de relaciones.

Con el triunfo de la Revolución se restablecieron y profundizaron los nexos y cobró actualidad el aprendizaje de la lengua rusa. En 1960 y 1961 aparecen los primeros cursillos en entidades del gobierno y en las nacientes escuelas de idiomas. Garantizaron entonces la comunicación interlingüística un reducido grupo de hispanosoviéticos y los primeros traductores soviéticos.

Así las cosas, la lluviosa tarde del 22 de diciembre de 1961 la entonces Plaza Cívica acogió el acto por la culminación de la Campaña Nacional de Alfabetización.

Fidel dio a conocer en aquella impresionante jornada una masiva propuesta de becas para los jóvenes alfabetizadores, conocida por Plan Nacional de Becas del Gobierno Revolucionario, y que, a mi juicio, devendría uno de los pilares imprescindibles sobre los que se habría de asentar y proyectar en gran medida el desarrollo de la cultura nacional en los últimos 50 años.

La convocatoria al estudio que lanzó el líder de la Revolución a los jóvenes incluyó dos opciones sorpresivamente novedosas:

“Necesitamos dos mil 300 graduados de octavo grado para ingresar como becados … para profesores de idioma ruso… recibirán enseñanza que los capacite como profesores del idioma ruso…”.

Y a continuación añadió:

“Necesitamos también 200 graduados de secundaria básica para estudiar y se capaciten para desempeñar diversas funciones: intérpretes, traductores, en los organismos estatales…”

La sorprendente y trascendental convocatoria de Fidel, en este nunca antes incursionado ámbito, delineó el inimaginable hasta ese momento proyecto de formar de manera masiva en la Isla con fines profesionales, y con apego a un estricto diseño curricular, más allá de simples improvisaciones, profesores y traductores/intérpretes de lengua rusa.

La insólita empresa, al decir de algunos una hermosa utopía con un colosal trasfondo de locura, fue tan revolucionaria por su concepción como por su magnitud.

Significó trazar y desbrozar un camino ignoto, crear un gran taller de experimentación con muy limitados recursos técnicos especializados, y con casi ninguna experiencia, incluso por parte de no pocos de los profesores soviéticos, para los cuales su labor en Cuba devino supremo desafío como pedagogos y forjadores de la muy en ciernes todavía metodología de la enseñanza del ruso como lengua extranjera, en particular, a gran escala, y fuera del medio lingüístico.

En las primeras semanas de 1962, en los elitistas repartos de Flores y Miramar comenzaron a cobrar vida la Escuela Secundaria Básica para Profesores de Idioma Ruso “Máximo Gorki” y el Instituto de Idiomas “Pablo Lafargue”.

Con el inagotable entusiasmo de aquella irrepetible coyuntura, con la certeza de que el país vivía un momento en que lo imposible era hacedero, se emprendió, por primera vez en el hemisferio, la formación a gran escala de rusistas. Arrancó entonces desde cero el estudio profesional de una lengua y cultura, sin lugar a dudas, más que exóticas para la época por todo este lado del Atlántico.

El colosal reto fue asumido con la más absoluta convicción de que había que aprender ruso, esa era una nueva misión que imponían las circunstancias. Con urgencia, sin reservas ni titubeos, se imponía pulverizar imposibles, destrozar mitos, saltar por encima de cualquier abismo, real o supuesto, por insalvable que pudiera parecer a primera vista.

La sui géneris tropa contaba con tan solo el segundo o tercer año de Secundaria Básica en el haber académico, pero sentía una insaciable sed de aprender.

Y lo más importante: aquellos todavía Brigadistas, el llamado segundo ejército de la Revolución, llevaban en sus corazones de adolescentes la piramidal e invaluable experiencia de la Campaña de Alfabetización que les había aportado una eterna fuente de energía, ímpetu y tesón, privilegio privativo de una sola generación de cubanos.

Se podría advertir en el horizonte titánicas dificultades y vislumbrar insondables enigmas. Se podría conjeturar o prever que no habrían de escasear escollos y entresijos, pero con absoluta certeza tampoco habrían de faltar torrentes de brío, entusiasmo y alegría para desenredarlos y superarlos. De este modo coincidieron el escenario y una parte de los protagonistas.

Con la llegada de los profesores soviéticos se comenzaría, lenta pero inexorablemente, a materializar la idea inicial, una experiencia única – reitero- sin precedentes en Cuba, ni parangón en toda la geografía del llamado Nuevo Mundo.

Como otras tantas veces y en disímiles circunstancias, aquella generación empezó -en el sentido más estricto de la trillada expresión- a “hacer camino al andar”. 

Enfrentamos entonces el desafío inédito de estrenarnos en el estudio de la lengua rusa. Aprender ruso puede convertirse en una batalla engrandecedora, pero siempre inacabable… ni por capitulación, ni por armisticio. Con el ruso resulta imposible obtener una respuesta sobre un tema sin sentirse arrastrado por un raudal de nuevas y perturbadoras interrogantes sobre otros concomitantes. En especial, si se pretende dominarlo desde una perspectiva filológica, como objeto de estudio y con fines profesionales.

Por siempre, y cual si estuviera ocurriendo ahora mismo, recordaré mi primera clase de ruso. De la misma manera, nunca podré olvidar a mi primera maestra: Nina Shestakova. De aquel primer encuentro grabé una imagen para la eternidad: ella -toda de blanco, cabello muy rubio, casi albo, pelada a lo cortico, nariz respingada muy a la rusa, ojos claros, mejillas tan rojas como una manzana- haciéndonos repetir ante la página 9 del Manual de Lengua Rusa de Nina Potápova:

«Урок 1. Вот дом. Вот мост. Дом тут? Да, дом тут. Вот мост. Мост там? Да, он там»*.

Esa tarde, al recibir la primera clase, como en una ceremonia de iniciación, sin tener conciencia de ello ni poder advertir que vivíamos un acontecimiento de trascendencia, nos convertimos en actores directos del nacimiento de la Rusística en Cuba. 

*(«Lección 1. Esta es la casa. Este es el puente. ¿La casa está aquí?, Sí, la casa está aquí. Este es el puente. ¿El puente está allá? Sí, el puente está allá»).

El texto fue elaborado y publicado por Prensa Latina, que nos ha cedido amablemente el derecho de su republicación.

Puedes encontrar el texto original aquí.

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